Ciudad envejecimiento-vejez y educación: Elementos para develar un conflicto entre la ciudad concebida y la ciudad imaginada

Introducción

Esta indagación y preocupación por estudiar la ciudad, el envejecimiento y la vejez, parte de la Declaración Política de la Segunda Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento, cuando manifiesta: “Destacamos la importancia de las investigaciones internacionales sobre el envejecimiento y las cuestiones relacionadas con la edad, como instrumento importante para la formulación de políticas relativas al envejecimiento” (Artículo 13, 2002).

Así mismo, esta justificación pasa por reconocer, como lo ha señalado el Plan de Acción de Madrid sobre el Envejecimiento (2002) que:

El envejecimiento de la población pasará a ser una cuestión de primordial importancia en los países en desarrollo que, según se proyecta, envejecerán  rápidamente  en  la  primera  mitad del siglo XXI. Se espera que para  el 2050 el porcentaje de personas de edad aumentará del
8% al 19%, mientras que el de niños descenderá del 33% al 22%. Este cambio demográfico plantea un problema importante en materia de recursos. Aunque los países desarrollados han podido  envejecer  gradualmente,  se  enfrentan a problemas resultantes de la relación entre el envejecimiento y el desempleo y la sostenibilidad de los sistemas de pensiones, mientras que los países en desarrollo afrontan el problema de un desarrollo simultáneo con el envejecimiento de la población (ONU, 2002: 6).

En este sentido, uno de los requerimientos para la aplicación del Plan es el de:

Promover  y  desarrollar  una  investigación integral, diversificada y especializada sobre el envejecimiento en todos los países, en particular en los países en desarrollo. La investigación, inclusive la reunión y el análisis de datos en que se tengan en cuenta la edad y el género, ofrece un fundamento esencial para la adopción de políticas eficaces…La disponibilidad  de  información fiable es indispensable para identificar nuevos problemas y adoptar recomendaciones. Para facilitar la oportuna adopción de políticas, también es necesario elaborar y utilizar, según proceda,  instrumentos  prácticos  y  completos de  evaluación  como  indicadores clave  (ONU,
2002:47).

Por lo tanto, hoy  el envejecimiento de la población se ha convertido en un tema de interés, ya que las sociedades  humanas  han  venido  observando  que la dinámica demográfica y social de la población mundial se está transformando. Como prueba de lo anterior, en Colombia al iniciar el siglo XXI, el Dane hacía referencia a países como Canadá, Francia y España quienes, debido al marcado envejecimiento de su población, se vieron obligados a reestructurar las  políticas  y  servicios  sociales  entorno  a  este grupo poblacional para mejorar su calidad de vida. Además, se catalogó este fenómeno demográfico como un logro humano, social, cultural y científico, es  decir,  un  indicador de  desarrollo que  permitió que  el  envejecimiento  dejara  de  ser  concebido como un suceso negativo que tenía como principal característica el declive de todas las capacidades físicas, mentales, psicológicas y sociales o como la antesala de la tan temida muerte, para convertirse en un proceso biológico, psicológico y social que se presenta durante todo el ciclo vital y que no depende solo de factores genéticos y biológicos, sino también en buena parte de la construcción social, cultural e individual de una persona determinada.

En  la  actualidad  países  como  Colombia,  donde el  grupo  poblacional más  grande  está  constituido por personas cuyo rango de edad está entre los 15 y 59 años de edad, es decir, un país joven, resulta paradójico que frente a las implicaciones de la dinámica poblacional   e individual que se viene presentando a nivel mundial, los conocimientos acerca del envejecimiento y la vejez continúan siendo precarios. De ahí la importancia del papel de la educación para el conocimiento y difusión social de dicho fenómeno y sus implicaciones en el mediano y largo plazo.

Otra razón que justifica este tipo de estudios, es la necesidad de superar los estereotipos e imágenes negativas sobre la vejez, los cuales se han constituido en un factor discriminatorio hacia las personas mayores. El panorama sigue estando dominado por creencias y opiniones basadas en prejuicios que reflejan una visión del envejecimiento relacionada con un destino inevitablemente negativo, asociado más con deficiencias que con la dinámica inherente al ciclo de vida y con creencias, representaciones e  imágenes de  la  vejez y  de  las  personas  viejas, que parecen ancladas a un pasado supuestamente homogéneo, incombinable y deficitario donde se endiosa y privilegia  lo joven, lo bello, lo eficaz en términos productivos modernos, por lo tanto,    se incurre  con  más  frecuencia  en  la  desvalorización del viejo como  actor o agente importante en la vida social, política, laboral y familiar.

 

En este sentido, el presente artículo retoma el compromiso de reconocer una imagen positiva del envejecimiento, tal como lo propone   el Plan de Acción Internacional sobre el Envejecimiento:

El reconocimiento de la autoridad, la sabiduría, la dignidad y la prudencia que son fruto de la experiencia de toda una vida ha caracterizado normalmente el respeto con que se ha tratado a la ancianidad en el curso de la historia. En algunas  sociedades,  a  menudo  se  desatienden esos valores y se representa a las personas de edad desproporcionadamente como rémoras para la economía, debido a sus crecientes necesidades en materia de servicios de salud y apoyo (ONU,
2002:43).

Sin embargo, para quienes planifican y ordenan las ciudades no es fácil superar los estereotipos e imágenes negativas  de  los  viejos,  comúnmente  asociados, desde una perspectiva deficitaria, con pérdida, deterioro, enfermedad o aislamiento. Las ciudades que habitamos no están planificadas y ordenadas para todas las edades, y si se hace, es desde esta perspectiva deficitaria, que se limita a hacer funcional y accesible los espacios urbanos, desconociendo al viejo como sujeto activo, autónomo y participativo. Por lo tanto, los estudios en ambientes urbanos que revelen el conocimiento, comprensión, valoración y evaluación que dan los individuos a la ciudad que habitan, son necesarios y aplicables a criterios de planificación urbana y formulación de políticas dirigidas a la búsqueda de estrategias eficaces de convivencia ciudadana y de proyectar, como lo afirma Martín Barbero, una “ciudad disfrutable para todos”.

Al problematizar y abordar el tema de la ciudad, el envejecimiento  y la vejez, se hace un aporte, desde la  academia,  hacia  la  búsqueda  de  una  sociedad más igualitaria y solidaria, tal como se plantea en la apuesta de Ciudades Amables:


Está ligada a la adecuación de aquellos espacios donde habitan y se relacionan los ciudadanos. La construcción de ciudades más amables, ordenadas bajo un modelo de desarrollo urbano planificado, con espacio público adecuado, vivienda digna, sin restricciones en la cobertura de servicios básicos como el agua potable y el saneamiento básico, y con un sistema de transporte urbano al alcance de todos, contribuirá enormemente al logro de una sociedad más justa y con mayores oportunidades (DNP, 2006:1).

La sociedad actual vive un envejecimiento global, lo cual determina, en gran medida, la necesidad de integrar los estudios sobre envejecimiento y vejez en los procesos de desarrollo de los países y el cumplimiento de los compromisos suscritos a nivel internacional, lo que implica que en Colombia estos temas e investigaciones necesariamente se incluyan en los planes de desarrollo, los planes de ordenamiento territorial (POT) y en las políticas sociales y se establezcan los mecanismos para su cumplimiento, dados los retos que representa el envejecimiento de la población en cuanto a seguridad social, promoción y prevención de la salud, participación social y económica, respeto a los derechos humanos, etc.

Al vincular este fenómeno con la educación, es preciso retomar los planteamiento de Lowenstein y Carment (2009) quienes afirman que, en países como los Estados Unidos, desde hace aproximadamente tres décadas, se evidenció el papel que debían empezar a tomar las instituciones educativas para facilitar la adaptación social frente al reto de las necesidades sociales y de salud relacionadas con el envejecimiento global Así mismo, se advertía que el desarrollo de los conocimientos y programas educativos en gerontología era uno de los medios esenciales para sensibilizar al público y los profesionales que trabajan con personas mayores frente al impacto de las sociedades que envejecen. Ellas expresan que el reconocimiento de esta revolución demográfica, experimentada por las sociedades modernas, debe fundamentarse a través de la creación de un conocimiento básico gerontológico específico y único (2009: 708).

En  el  contexto  nacional,  después  de  la  Primera Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento (Viena 1981), se tiene conocimiento de la existencia de programas académicos dedicados a la formación de gerontólogos en Colombia. Dulcey Ruíz et al. (2001), de la Asociación Interdisciplinaria de Gerontología (AIG), comentan que en esta década, el ámbito de la Gerontología se caracterizó por un importante énfasis en la educación, la investigación y los servicios orientados a las personas mayores.

Según los autores (Dulcey et al., 2001), el adelanto de programas de Gerontología en Colombia llevó a  la  conformación de  organizaciones estudiantiles y  gremiales,  interesadas  en  la  problematización de temas relativos al envejecimiento y la vejez, así como en la realización de acciones orientadas al bienestar de las distintas generaciones y en particular de las personas mayores. Estas organizaciones han cumplido un papel importante no solo en relación con procesos de educación continuada, actualización del saber gerontológico y difusión de los avances de la investigación en la materia, por medio de congresos, simposios y seminarios nacionales e internacionales, sino también, por su participación en el ámbito político y social.

En el año 2008 el Sena contrató y coordinó la “Caracterización de la Gerontología en Colombia. Una mirada desde las competencias laborales”, con el propósito de brindar lineamientos en torno a las competencias laborales y perfiles ocupacionales requeridos  para  responder  a  la  tendencia  de  la política nacional de envejecimiento y vejez, y a los retos asociados a la normatividad vigente. Se buscó describir la situación actual del área de la gerontología en Colombia en la dimensión organizacional, económica, tecnológica, ocupacional y educativa.

En lo concerniente a las tendencias futuras del entorno educativo, se enfatizó en “la necesidad de la formación integral para el manejo de las consecuencias y efectos producidos por el envejecimiento individual y colectivo”. Así mismo, en “la consolidación de la investigación en el área, para facilitar la comprensión e interpretación de los procesos en la vida de las personas en torno al envejecimiento y la vejez” (Sena,
2008:140-141).

Para el caso de América Latina y el Caribe, es necesario advertir   que la Conferencia Regional de Educación Superior celebrada en Cartagena en el año
2008, en relación con el lineamiento de integración regional e internacionalización, señaló una serie de recomendaciones para las instituciones de educación superior, dentro de las cuales se destaca la siguiente: “Promover la docencia e investigación en áreas relacionadas   con   la   integración   latinoamericana y caribeña, el desarrollo sustentable, los estudios interculturales, el conocimiento y valoración de nuestros  patrimonios  culturales  y  ambientales  y el  estudio  de  fenómenos  contemporáneos”  (Cres,
2008:8).

En este sentido, los cambios e implicaciones del envejecimiento demográfico para nuestras ciudades, se  constituyen  en  un  fenómeno  contemporáneo que amerita adelantar un conjunto de estudios e investigaciones que den cuenta de la forma como se están planificando y ordenando las ciudades en respuesta a las demandas de una inclusión social, de tal forma que se visibilicen y reconozcan los derechos de las personas mayores. En este punto es necesario hacer un llamado para que, especialmente, la Gerontología y otros pregrados y posgrados en Trabajo Social, Antropología, Sociología, Sicología, Arquitectura, entre otros, implementen contenidos curriculares que permitan una mayor y mejor comprensión interdisciplinar, contextualizada y adecuada, sobre el envejecimiento y la vejez.


Aproximación al objeto de investigación: envejecimiento demográfico y urbanización

Son   múltiples   las   relaciones   y   preguntas   que se  derivan entre las categorías que permiten delimitar, fundamentar y estructurar el problema de investigación: envejecimiento, vejez y ciudad. Esta aproximación al objeto de investigación parte de los planteamientos de la Segunda Asamblea Mundial sobre Envejecimiento realizada en la ciudad de Madrid en el año 2002, en los cuales se destaca el llamado hacia la construcción de una sociedad incluyente, sin ningún tipo de discriminación, en particular, en razón a la edad. En este sentido, la Declaración Política señala lo siguiente:

Son indispensables los compromisos de fortalecer las políticas y programas con el objeto de crear sociedades inclusivas y cohesionadas para todos
–hombres y mujeres, niños, jóvenes y personas de edad. Sean cuales fueren las circunstancias en que se encuentren las personas de edad, todas ellas tienen derecho a vivir en un entorno que realce sus capacidades (ONU, 2002:37).

 

Los dos primeros artículos de la Declaración Política trazan de inmediato el compromiso global de asumir los retos ante los cambios demográficos que enfrentará el mundo en el siglo XXI. Los representantes de los Gobiernos reunidos en Madrid (2002), decidieron adoptar:

Un    Plan    de    Acción    Internacional    sobre el Envejecimiento para responder a las oportunidades que ofrece y los retos que plantea el envejecimiento de la población en el siglo XXI y para promover el desarrollo de una sociedad para todas las edades. En el marco de ese Plan de Acción, estamos resueltos a adoptar medidas a todos los niveles, inclusive a nivel nacional e internacional, en tres direcciones prioritarias: las personas de edad y el desarrollo; la promoción de la salud y el bienestar en la vejez, y el logro de entornos emancipadores y propicios (ONU, 2002, Artículo 1).

Responsabilidad que se amplía en el artículo 2 donde se  manifiesta lo siguiente:

Celebramos el aumento de la esperanza de vida en muchas regiones del mundo como uno de los mayores logros de la humanidad. Reconocemos que el mundo está experimentando una transformación demográfica sin precedentes y que, de aquí a 2050, el número de personas de más 60 años aumentará de 600 millones a casi
2.000 millones, y se prevé que el porcentaje de personas de 60 años o más se duplique, pasando de  un  10%  a  un  21%.  Ese  incremento  será mayor y más rápido en los países en desarrollo, donde se prevé que la población de edad se multiplique por cuatro en los próximos 50 años. Esa   transformación   demográfica  planteará   a todas nuestras sociedades el reto de aumentar las oportunidades de las personas, en particular
las oportunidades de las personas de edad de aprovechar al máximo sus capacidades de participar en todos los aspectos de la vida (ONU,
2002, Artículo 2).

Esta Declaración Política, al  hablar de una sociedad para todas las edades, es también una invitación y un compromiso para  pensar y hablar de una ciudad para todos, sin ningún tipo de discriminación o exclusión por condiciones raciales, sociales, étnicas o de edad. Las declaraciones universales y los pactos internacionales de derechos humanos, no incluyen prohibición específica alguna a la discriminación por la edad. Sin embargo, los derechos humanos de las personas mayores no son reconocidos o son vulnerados en muchos lugares del mundo, especialmente, en los países de América Latina y el Caribe.

De igual manera, se señala que las personas mayores sufren graves situaciones de pobreza y exclusión social, no tienen condiciones de vida dignas, son un colectivo “invisible” para los gobiernos e instituciones, a pesar de los avances y mejoras sociales conseguidas. Aunque tienen importantes carencias, no cuentan con el reconocimiento que su peso poblacional demanda. No obstante, la sociedad contemporánea ha venido tomando conciencia de la situación social de ellos. Aspectos como el envejecimiento demográfico, los estereotipos negativos y la presión social ejercida por generaciones precedentes, ha llevado a que el tema de envejecimiento  y la vejez, se convierta poco a poco en un problema  y   preocupación para los Estados, los gobiernos, los partidos políticos,  y la sociedad civil, donde se debe resaltar que la academia cumple un papel determinante para investigar, cuestionar y proponer acciones que permitan tomar medidas más incluyentes con las personas mayores.

El Plan de Acción Internacional de Madrid sobre el Envejecimiento (2002) ha considerado dentro de sus orientaciones prioritarias el de la creación de un entorno propicio y favorable para las personas de edad. Allí, una de las cuestiones básicas es la vivienda y las condiciones de vida, para ello se plantearon tres objetivos:

i) Promover el envejecimiento en que se ha vivido, teniendo debidamente en cuenta las particularidades personales y las posibilidades en materia de vivienda asequible para las personas de edad; ii) Mejoramiento del diseño ambiental y de la vivienda para promover la independencia de las personas de edad teniendo en cuenta sus necesidades, particularmente las de quienes padecen discapacidad y iii) Mejorar la disponibilidad de transporte accesible y económicamente asequible para las personas de edad (ONU, 2002:36-39).

Por su parte, la Organización Mundial de la Salud (OMS) en su estudio Ciudades globales amigables con los mayores reconoce que el mundo está envejeciendo rápidamente, dado que “las personas de 60 años de edad y más, que constituían el 11% en el 2006, se habrán duplicado a un 22% en el año 2050. En ese año el número de personas mayores, por primera vez en la historia de la humanidad, superará al de los niños y niñas de 0 a 14 años de edad” (OMS, 2007:8).

El envejecimiento demográfico por áreas en el mundo al 2006 y las proyecciones al 2050, se puede observar en la siguiente gráfica:

 

Europa, históricamente, ha mantenido los mayores niveles de envejecimiento y las proyecciones para la mitad del siglo XXI indican que continuará siendo el continente más viejo. Sin embargo, se destaca el  envejecimiento tan acelerado de América Latina y el Caribe, solo comparable al de Asia, pues su población mayor de 60 años pasará de representar el 9% en el 2006, al 24% en el 2050.

En una publicación reciente, el Fondo de Poblaciones de la Naciones Unidas (2012) al analizar la situación actual de las personas de edad y al examinar los logros después de la Segunda Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento, ha advertido al mundo que:

El envejecimiento de la población es una de las tendencias más significativas en el siglo XXI. Tiene repercusiones importantes y de vastos alcances en todos los aspectos de la sociedad. A escala mundial, cada segundo dos personas cumplen 60 años, es decir, el total anual es de casi 58 millones de personas que llegan a los 60 años. Dado que actualmente una de cada nueve personas tiene 60 o más años de edad, y las proyecciones indican que la proporción será una de cada cinco personas hacia 2050, el envejecimiento de la población es un fenómeno que ya no puede ser ignorado (FPNU, 2012:3).

Así mismo, se indica que hoy  en 33 países del mundo la esperanza de vida  supera los 80 años de edad y que para el periodo 2010-2015 el promedio en los países desarrollados es de 78 años y en los países en desarrollo de 68 años. A mediados del siglo XXI aumentará a 83 y 74 años respectivamente. Este informe es claro al advertir sobre las cifras y proyecciones  globales:

 En 1950, había en todo el mundo 205 millones de personas de 60 o más años de edad. Hacia 2012, la cantidad de personas de edad llegó a casi 810 millones. Según las proyecciones, ha de llegar a 1.000 millones dentro de menos de diez años y ha de duplicarse hacia 2050, cuando llegaría a 2.000 millones (FPNU, 2012:3).

La situación para América Latina la revela un informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), en el que se señala que la población de 60 años y más que estaba en el 5.5% en 1950 pasó a 8.8% en el 2000, advirtiendo que, según proyecciones, llegará al 23.6% en el 2050.  Esto demuestra que la población en América Latina envejece más rápido de lo previsto y “en términos absolutos, las personas de 60 o más años pasarán en un siglo de 9 a 180 millones”.  El número de jóvenes por el contrario se reducirá en un 17% entre 2005 y el 2050.  Por lo tanto, según las estimaciones de población adulta mayor superará en un 30 por ciento a la joven (El Tiempo, 2008:1-10 Internacional).

El Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía – CELADE- (2009) ha indicado recientemente que, durante las últimas décadas, la población de la región ha experimentado un aumento considerable en la cantidad de personas de 60 años y más. De acuerdo con los datos del centro, “en el 2000 la población regional de 60 años y más era de 43 millones de personas y aumentará al 2025 a 100,5 millones aproximadamente y en el 2050 podría llegar a los 183,7 millones, es decir, que una de cada cuatro personas tendrá 60 años o más a mitad del siglo XXI” (CEPAL-CELADE-FPNU, 2009: 13-14).

Es importante destacar que el descenso de la mortalidad y de la fecundidad son las principales causas del envejecimiento en la región, tal como afirma el CELADE:

El envejecimiento de la población obedece a tendencias demográficas históricas. La reducción de las tasas de mortalidad en la década de 1950, y en particular de la mortalidad infantil, trajo consigo un aumento en la esperanza de vida en los países latinoamericanos. Sin embargo, y sin lugar a dudas, la disminución de la fecundidad en los años sesenta y comienzos de los setenta ha sido la principal fuerza remodeladora de las estructuras demográficas (2009:16).

Otros datos que permiten corroborar este fenómeno indican que la población que, en términos de longevidad, era de 547 millones en el 2005, llegará a 763 millones en el 2050. Esto se debe, entre otros factores, a que en los últimos 60 años se ha ganado en promedio 21.6 años de vida, pues la esperanza de vida que era de 51.8 años en 1955, pasó a 73.4 años en la actualidad. Como puntualiza Marcela Suazo, directora de la división para América Latina y el Caribe del Fondo de Población de las Naciones Unidas: “Es una media ocho años más alta que la del total de las regiones en desarrollo y sólo 1.2 años menos que la de hoy en Europa” (El Tiempo, 2008: 1-10 Internacional).

El CELADE es claro al indicar que los países de la región se encuentran en distintas fases del proceso de envejecimiento demográfico. Se observan cuatro fases: i) envejecimiento incipiente, ii) envejecimiento moderado, iii) envejecimiento moderadamente avanzado y iv) envejecimiento avanzado. Colombia se halla en el segundo grupo, el cual se caracteriza por tener tasas de fecundidad bajas (entre 3 y 2,3 hijos por mujer) y un índice de envejecimiento que oscila entre el 20% y el 32% (CEPAL-CELADE-FPNU, 2009:17).

Es de anotar que este  envejecimiento demográfico  se verá registrado principalmente en las ciudades, en tanto que el fenómeno de urbanización también se ha acelerado desde el siglo pasado. Desde el 2007 más del 50% de la población mundial global vive en ciudades.  El documento de la OMS anota:

Para el año 2030, cerca de tres de cada cinco personas del mundo vivirán en alguna ciudad, y el número de habitantes urbanos en las regiones menos desarrolladas será casi cuatro veces mayor que en las regiones desarrolladas”. De igual manera, señala que las ciudades durante el siglo XX, con 10 millones de habitantes o más, a las que se les denomina “mega-ciudades”, se multiplicarán diez veces y esté crecimiento también es mayor en las regiones en desarrollo (OMS, 2007:8).

Este  fenómeno y su comparación por regiones del mundo se puede observar en la siguiente gráfica:

 

Para las Naciones Unidas estos dos fenómenos, el envejecimiento demográfico y la urbanización de la población, son el producto de un desarrollo humano exitoso durante el siglo pasado, pero a la vez, constituyen desafíos importantes en la actualidad que, en el caso concreto de las personas mayores exige para ellos: “entornos de vida facilitadores y de apoyo para compensar los cambios físicos y sociales asociados el envejecimiento” (OMS, 2007:9).

Como señala el documento citado, en el Plan Internacional de Acción sobre el Envejecimiento (2002), avalado por Naciones Unidas, esa necesidad de los adultos mayores fue reconocida como una de las tres directrices prioritarias. Por eso el estudio sobre 35  ciudades amigables en todos los continentes concluye, en relación con el envejecimiento y urbanización globales, lo siguiente:

Lograr que las ciudades sean más amigables con los mayores constituye una respuesta necesaria y lógica para promover el bienestar y el aporte de los residentes urbanos de mayor edad y mantener ciudades prósperas.  Dado que el envejecimiento activo es un proceso que dura toda la vida, una ciudad amigable con los mayores es una ciudad para todas las edades (OMS, 2007: 9).

No sobra destacar que la idea de ciudad amigable con los adultos mayores se enmarca dentro de la política de envejecimiento activo de la OMS, entendido como “el proceso de optimizar las oportunidades de salud, participación y seguridad a fin de mejorar la calidad de vida a medida que las personas envejecen”(OMS, 2007) De una integración entre la propuesta de envejecimiento activo y la idea de ciudad amigable con los adultos mayores resultaría que, las políticas, los servicios, los entornos y las estructuras provean sostén y facilitan el envejecimiento activo de las personas, mediante: 

  • El reconocimiento de la amplia gama de capacidades y recursos existentes entre las personas mayores; 
  • La previsión de y respuesta flexible a las necesidades y preferencias relacionadas con el envejecimiento;
  • El respeto por sus decisiones y elecciones de estilo de vida;
  • La protección de las personas más vulnerables; y
  • La promoción de su inclusión en todas las áreas de la vida comunitaria y de su aporte a las mismas. (OMS, 2007: 10).

 

En América Latina y el Caribe, de acuerdo con el CELADE, la mayoría de las personas de edad vive en zonas urbanas. Sobre este punto  señala lo siguiente:

Al igual que sucede con la población total, las personas de 60 años y más residen mayoritariamente en áreas urbanas, e incluso el porcentaje de urbanización es levemente superior al total de la población. Según las estimaciones de población del año 2000, el 77% de las personas de edad se ubican en áreas urbanas. En próximas décadas este porcentaje continuará aumentando y a mediados de este siglo sobrepasará el 85%. Sin embargo, las áreas rurales tienden a estar más envejecidas, en especial por el efecto de la migración interna del campo a la ciudad. (CEPAL-CELADE-FPNU, 2009:22).

En relación con el envejecimiento demográfico de Colombia, como se dijo, el país, de acuerdo con el CELADE, se encuentra en la fase denominada envejecimiento moderado. En el cuadro 1. Se presentan las cifras de población total y de 60 años y más para el periodo 1950-2050.

El porcentaje de población de 60 años y más en relación con el total de la población muestra que, para el caso de Colombia, en 1950 era del 5%, en 1975 el 5.6%, en el 2000 del 6.7%, se estima que en el 2025 será el 14.6% y en el 2050 podría llegar al 23.9%.  El periodo 2000-2025 es el que presenta un mayor incremento, pues según las proyecciones del CELADE, en este lapso  Colombia, junto con Guayana Francesa, Costa Rica y Venezuela, se encuentra dentro del conjunto de países que presenta mayor incremento de la población  de 60 años y más, con tasas superiores al 4% (CEPAL-CELADE-FPNU, 2009). El índice de envejecimiento para Colombia en el 2007 era del 26,9 y la tasa global de fecundidad del 2.2.

El grupo de la población adulta alcanza actualmente el más alto crecimiento, además, de conservarse esta tendencia, se acentuará en las próximas dos décadas según el DANE, manteniendo niveles elevados hasta la década del treinta, cuando comenzará a observarse una sustancial declinación, pero con un ritmo de crecimiento tres veces superior al del promedio nacional.

En Colombia, el aumento progresivo de la población, especialmente la del grupo de los adultos mayores, representa un desafío para las políticas y los recursos en lo concerniente al desarrollo, la calidad de vida, el cumplimiento de los derechos y la inclusión social. En sólo un siglo el país pasó de 4´355.470 personas a un total de 41.468.384 habitantes, de los cuales el 6.3% (2´612.508), es mayor de 65 años; el 54.6% de las personas mayores pertenece al sexo femenino y el 45.4% al  masculino. El 75% de la población general, vive en las cabeceras municipales, a pesar que en áreas rurales hay mayores tasas de fecundidad, lo que se traduciría en un incremento natural de la población allí ubicada, pero el efecto es contrarrestado por las altas tasas de migración (DANE, Censos 1905 y 2005).

Es evidente como al pasar los años, la base de la pirámide se ha ido estrechando, con ampliación simultánea en la punta describiendo de esta forma la disminución de la población joven y el incremento de los adultos mayores, especialmente el aumento de los más viejos. Se espera que para el 2050, el total de la población sea cercano a los 72 millones, con una esperanza de vida ligeramente superior a los 79 años y con más del 20% de los pobladores por encima de 60 años, lo cual se traducirá en una estructura de la pirámide poblacional en forma rectangular. Adicionalmente seguirá predominando la residencia en áreas urbanas.

Las principales causas del envejecimiento poblacional en Colombia son: el aumento de la esperanza de vida, la disminución de la mortalidad, el control de las enfermedades infecciosas y parasitarias, el descenso de las tasas de la fecundidad, la atenuación del ritmo de incremento de la población y los procesos de migración.
En síntesis, Colombia presenta un importante nivel de envejecimiento, y por lo tanto, es imperativo empezar a prever las consecuencias sociales, económicas, culturales y políticas, entre otras, que este fenómeno genera, a partir de la ampliación de la oferta formativa de programas de pregrado en Gerontología2, la formulación de políticas, planes, programas y proyectos que favorezcan la participación y la inserción social y económica de las personas mayores, así como el reconocimiento de sus derechos y de una adecuada atención a esta población.

En relación con los procesos de urbanización en Colombia, se puede afirmar como lo advierte el Departamento Nacional de Planeación en su documento sobre la construcción de Ciudades Amables, que para el año 2019, cerca del 80% de la población vivirá en los centros urbanos. Así mismo señala que:

La alta tasa de urbanización del país deberá entenderse como una oportunidad de desarrollo, que exigirá el diseño de estrategias que se centren en las ciudades, garanticen el mejoramiento de la calidad de vida de sus habitantes y ofrezcan las mejores oportunidades de progreso social y económico (DNP, 2006:1).

Este panorama mundial y nacional  permite centrar el problema de investigación en  aspectos relacionados con la cultura urbana, la cultura urbanística, las ciudades sustentables y los lugares de los viejos en la ciudad. De igual forma, esta situación exige dimensionar un problema, que quizás aún no se ha visibilizado en el país, y es el siguiente: ¿Hasta qué punto, nuestra cultura urbanística está pensada y planificada para asumir los retos que implica un proceso de envejecimiento mundial, y de los cuales Colombia no está ajena? Como se ha señalado por la OMS, en los siguientes términos:

Para que las ciudades sean sustentables, éstas deben proveer estructuras y servicios que sostengan el bienestar y la productividad de sus residentes. Las personas mayores, en particular, requieren entornos de vida facilitadores y de apoyo para compensar los cambios físicos y sociales asociados al envejecimiento (OMS, 2007: 9).

Para cerrar este punto y acercarnos a la ciudad y lo urbano, es conveniente retomar los planteamientos de Frank, Sharowsky y Millán (2006), quienes al reflexionar sobre la arquitectura gerontológica y sobre los cambios de la llamada “Revolución Gris”, como fenómeno irreversible, continuo y con un crecimiento en progresión geométrica, proponen la realización de un plan maestro del hábitat para las personas mayores, con el fin de mejorar su calidad de vida. Para ellos esto se hace perentorio, pues:

Diseñar el hábitat de las personas mayores es algo más que diseñar espacios: supone ordenar, estructurar, sistematizar y definir campos y contornos, que a su vez definen pautas sociales y condiciones de desenvolvimiento psicológico. “Nosotros estructuramos nuestros edificios y ellos nos configuran a nosotros” (Winston Churchill) (Millán, 2006: 216).

 

Una aproximación a la ciudad y lo urbano

¿Desde dónde hacer una aproximación teórica a una relación aparentemente simple como lo es la ciudad, lo urbano y la vejez, si, como lo manifiesta categóricamente Delgado, la ciudad no es lo urbano? La respuesta nos conduce necesariamente a un acercamiento inter y transdisciplinar, pues no se puede agotar en una mirada desde la  Antropología, la Sociología o la Geografía, cada una de ellas con la adenda urbana. ¿Cuál será el soporte epistemológico y teórico para abordar la triada de investigación propuesta?

Al recorrer la ciudad en medio de esa fluidez teórica sobre la morfología urbana, los imaginarios urbanos, el paisaje urbano, los espacios urbanos, la cultura urbana o la cultura urbanística, se entra en un campo de frontera disciplinar, es decir, al hablar desde un plano o polo epistemológico, se está en  lo que Gibbons denomina un “modo dos de producción de  conocimiento”.  Una primera entrada teórica nos la ofrece  M. Delgado con su obra El animal público, ensayo que se convierte en un referente de una antropología de los espacios urbanos. En su interés por definir el objeto de la antropología urbana, Delgado aclara tres categorías estructurantes como son: ciudad, urbanidad y urbano. La primera, es un gran asentamiento de construcciones estables, habitado por una población numerosa y densa, apreciación que complementa cuando dice que la ciudad es una composición espacial definida por la alta densidad poblacional y el asentamiento de un amplio conjunto de construcciones estables, una colonia humana densa y heterogénea conformada por extraños entre sí ; la segunda es un tipo de sociedad que puede darse en la ciudad o no; y la tercera tiene lugar en otros muchos contextos que trascienden los límites de la ciudad en tanto que territorio, lo urbano es un estilo de vida marcado por la proliferación de urdimbres relacionales deslocalizadas y precarias (Delgado, 1999).

Sin embargo, en este punto es pertinente abrir el espectro de conceptualizaciones para la ciudad, y nos damos cuenta que esta ha sido definida desde distintas perspectivas, entre las que se encuentran las visiones sociológicas, las físico-espaciales, las económicas, antropológicas, políticas, y sus entrecruzamientos, entre otras.

La ciudad puede entenderse como un territorio artificial y en relación con el espacio social.  Sobre lo primero, es necesario retomar los planteamientos de Montañez y Delgado (1998) quienes afirman:

El territorio es el escenario de las relaciones sociales; es un espacio de poder, de gestión y de dominio del Estado, de individuos, de grupos y organizaciones y de empresas locales, nacionales y multinacionales; es una construcción social y la actividad espacial de los actores es diferencial y por lo tanto su capacidad real y potencial de crear, recrear y apropiar territorio es desigual  (Montañez y Delgado, 1998: 122-123).

En igual dirección apunta García (1976), quien ha señalado que el territorio es un espacio socializado y culturizado, perspectiva que permite abordar aquellas formas espaciales con significaciones socioculturales y, en especial, tomar en consideración las sensaciones, percepciones y representaciones que se construyen en la ciudad.

En tal sentido, la ciudad, como lo afirma M. Castells (1985), es un producto social de intereses y valores sociales en pugna, que se construye a lo largo de la historia. La ciudad como territorio artificial se construye a partir de la actividad espacial de agentes y por ello, todos los que habitamos en ella, la usamos, la representamos, nos apropiamos de sus espacios, la construimos y le damos un sentido desde nuestra experiencia de vida y desde nuestra cotidianidad.

Según M. Delgado,  H. Lefebvre ha sido quien de manera clara ha propuesto la distinción entre la ciudad y lo urbano. Así:

La ciudad es un sitio, una gran parcela en que se levanta una cantidad considerable de construcciones, encontramos desplegándose un conjunto complejo de infraestructuras y vive una población más bien numerosa, la mayoría de cuyos componentes no suelen conocerse entre sí. Lo urbano es otra cosa distinta. No es la ciudad, sino las prácticas que no dejan de recorrerla y de llenarla de recorridos; la ‘obra perpetua de los habitantes, a su vez móviles y movilizados por y para esa obra. (Delgado, 2007: 11).

Sobre la definición de espacio urbano, Delgado ha señalado lo siguiente:

Por espacio urbano se entiende aquí el espacio que genera y donde se genera la vida urbana como experiencia masiva de la dislocación y del extrañamiento, en el doble sentido del desconocimiento mutuo y de los resortes siempre activados de la perplejidad y la estupefacción. (Delgado, 2007:12).

En síntesis, este trabajo está permeado por  la relación entre ciudad y espacio social,  en la cual se condensan una serie de interacciones complejas. Considero que el planteamiento de  Cuervo (2003) es claro y dilucida un concepto preciso para entender la ciudad, cuando dice lo siguiente:

El espacio social en general y la ciudad como su forma dominante, pueden entenderse como una organización particular de interacciones complejas reguladas a través de la posición, la forma, y las estructuras de centralidad de los elementos. La ciudad es un microcosmos del espacio social y condensa sus características; no obstante, posee rasgos que la hacen particular, que la especifican: la densidad de los elementos y la intensidad de las interacciones generan diferencias cuantitativas y cualitativas en el comportamiento de la ciudad como componente particular, pero dominante, del espacio social (Cuervo, 2003: 112-113).


Dentro del reconocimiento de la evaluación como “componente didáctico” (Litwin, 2001), resulta preocupante  la  manera  en  que  esta  práctica  se implementa en el sistema educativo. Como lo expresa Álvarez (2003), a pesar de que en la actualidad se promueven los enfoques cognitivos, constructivistas y hermenéuticos en educación, en la praxis evaluativa se da continuidad a los enfoques objetivistas, propios de la racionalidad positivo-conductista en que prima la memoria, los datos exactos, la reproducción de los saberes estandarizados y, consecuentemente, el control, la sanción y la exclusión.

Tanto Álvarez (2005) como Santos (1998) han diferenciado dos paradigmas en evaluación: el tradicional, de corte vertical, que atiende a criterios sumativos y propende por la medición exacta de los educandos a través de exámenes que se confunden con la evaluación misma, pues su interés radica en verificar a través de una instancia final la acumulación de determinados saberes. En este paradigma, la evaluación se sustenta en la racionalidad técnico– instrumental y retoma los postulados de Tyler (1986) en cuanto la calificación de un objetivo desde la medición de un rendimiento. Esto repercute en que el evaluado (estudiante o maestro) llegue a considerar como fin de la educación la obtención de altas puntuaciones, calificaciones o certificados, sin hacer de su formación y aprendizajes un acto significativo. Por tal razón, no propicia un ambiente de aprendizaje pertinente sino una orientación con respecto a la programación de los exámenes.

La evaluación tradicional es antieducativa, está despojada de todo rasgo formativo y, muy por el contrario, deja huellas negativas, y a veces traumáticas. Por otra parte, los resultados de esta evaluación, al estar descontextualizados, tienen muy poco uso práctico; no son aplicables al proceso docente, ni a la superación personal del alumno, ni al mejoramiento curricular. (Álvarez, 2005. Citado por Bretel y Crespo, 2005: 27)

Este tipo de evaluación supone eficiencia, objetividad y eficacia en cuanto a los resultados alcanzados en el proceso, pero se diluye como un mecanismo seudo- cientifista en el que solo se logra medir un rendimiento o calificar un objetivo, sin dar cuenta del proceso en su totalidad en cuanto acción formativa. Lo que no resulta pertinente de este enfoque es atender al fenómeno educativo como un objeto de estudio simple, estable, que no evoluciona ni depende de múltiples factores en su compleja concepción; es decir, no comprender los rasgos específicos de los actos simultáneos de enseñar y aprender y, contrariamente, continuar con un tratamiento del hecho educativo en términos de proyecciones y logros empresariales. En  este tipo de evaluación, la verticalidad se expresa en la medición de las conductas observables de los participantes, potenciando la represión, la discriminación, la selección y la reproducción social dominante.

Por el contrario, la evaluación basada en la racionalidad práctica y crítica no precisa una evaluación final, sino que propende por la formación de los seres humanos que constituyen los procesos educativos de manera procesual, continua, reconociendo las subjetividades que problematizan sus pensamientos en el desarrollo de una verdadera acción comunicativa. Brown y Glasner (2003) la definen como “el proceso que permite definir, seleccionar, diseñar, recoger, analizar, interpretar y usar la información para incrementar el aprendizaje” (p. 43). Por consiguiente, esta evaluación se caracteriza por ser flexible, negociada, equitativa y justa, orientada a la evolución integral de todos sus participantes. “La evaluación para valorar, la evaluación para mejorar el aprendizaje, la evaluación como contenido a aprender para su utilización futura” (Bordas y Cabrera, 2001: 26) Así, resulta también pertinente en la actividad educativa al respetar su propósito de formación integral, marcando sus rasgos distintivos con respecto a la medición y la calificación, las cuales son englobadas y superadas por el concepto de evaluación pedagógica. Aquí lo que se evalúa no es el mero rendimiento escolar o la puntuación en un examen, sino la enseñanza y el aprendizaje para comprenderlos y, consecuentemente, corregir falencias y potenciar aciertos.

La evaluación se constituye así en un esfuerzo en conjunto de diálogo y reflexión que conlleva a la riqueza  última  de  este  encuentro  entre  educador y educando: la formación personal de todos los sujetos y un desarrollo profesional cualificado para los maestros. “El profesor aprende para conocer y para mejorar la práctica docente en su complejidad” (Álvarez, 2005:12), además del reconocimiento de nuevos horizontes de vida y experiencias encarnados en los sujetos que lo acompañan, que llegan a problematizar su propio pensamiento a partir de nuevos argumentos. Estos estudiantes, por su parte, aprenden en la acción de corregir sus errores, de la problematización crítica a través de la cual su maestro los cuestiona, enfrentándolos, también a ellos, a nuevos horizontes y perspectivas del mundo. La evaluación configura, entonces, un tejido horizontal y humano que conlleva a la comprensión del mismo proceso evaluativo y, por ende, al mejoramiento de la educación; esto es, del hombre y de la sociedad que se están formando.

 

 

A manera de conclusión: Un conflicto entre la ciudad concebida y la ciudad practicada

¿Cómo abordar a los protagonistas de esta investigación –los viejos-, en términos de Delgado, como habitantes de la ciudad o como practicantes de lo urbano? ¿Hasta dónde equiparar el grupo etario de viejos como protagonistas de “esa sociedad dispersa y múltiple”?. Retomo las palabras de Delgado, cuando afirma:

De la inmensa mayoría de esos urbanitas –en el sentido no de habitantes de la ciudad sino de practicantes de lo urbano- no sabemoscasi nada, puesto que gran parte de su actividad en los espacios por los que se desplazan consiste en ocultar o apenas insinuar quiénes son, de dónde vienen, a dónde se dirigen, a qué se dedica, cuál es su ocupación o sus orígenes o qué pretenden (Delgado, 2007: 13).

Doble sentimiento de vulnerabilidad, como persona mayor (viejo) y como parte de esa mayoría de urbanitas, que pueden percibir la ciudad como un entorno hostil y peligroso para su integridad personal, e incluso, parafraseando a García Canclini, quienes pueden llegar a vivir experiencias de extranjeridad en la misma ciudad.

La funcionalidad de los espacios urbanos para personas en situación de discapacidad o para los viejos, muchas veces se limita al tema de la accesibilidad y las barreras arquitectónicas, convirtiéndose en el punto de referencia central en los ejercicios de ordenamiento y planificación que, a pesar de su sentido político, desconocen al viejo como un sujeto activo, autónomo y participativo, capaz de concebir y construir una ciudad incluyente. Esto demuestra que en los entramados de las concepciones y prácticas de la ciudad,  pareciera olvidarse que “la construcción de consensos mediante la negociación de puntos de vista e intereses dispares es un componente sustantivo para el éxito de estrategias de desarrollo de la sociedad” (Rodríguez, 1999: 297).

En una reciente publicación, Ríos (2013) al reflexionar sobre las barreras arquitectónicas y la inclusión, advierte:

Las personas, por su condición de “discapacidad”, ven como sus derechos se vulneran y se enfrentan ante una sociedad hostil que los margina y los excluye de un entorno humano, donde las limitantes físicas se convierten en barreras sociales que pesan más que las arquitectónicas que encontramos en el espacio urbano construido (39).

En este sentido, empieza a develarse un conflicto entre quienes planifican, diseñan y ordenan las ciudades por una parte, y quienes habitan, usan y representan  la ciudad por otra, es decir, entre la ciudad concebida y la ciudad practicada. Es claro, entonces, el planteamiento de Delgado cuando afirma que:

 En su vocación demiúrgica, buen número de arquitectos y diseñadores urbanos se piensan a sí mismos como ejecutores de una misión semidivina de imponerle órdenes preestablecidos a la naturaleza, en función de una idea de progreso que considera el crecimiento ilimitado por definición y entiende el usufructo del espacio como inagotable (Delgado, s.f: 1).

El poder que se inviste sobre la ciudad, como “territorio taxomizable”, como objeto de intervención planificada y ordenada, como espacio diseñado, no da la posibilidad, según Delgado, de que haya presencias y ausencias, para él:

El espacio urbano real –no el concebido- conoce la heterogeneidad innumerable de las acciones y de los actores.” Espanta  ante todo lo múltiple, la tendencia de lo diferente a multiplicarse sin freno, la proliferación de potencias sociales percibidas como oscuras. Y, por supuesto, se niega en redondo que la uniformidad de las producciones arquitectónicas no oculte una brutal separación funcional en la que las claves suelen tener que ver con todo tipo de asimetrías que afectan a ciertas clases, géneros, edades, o etnias (Delgado, s.f.: 1).

Es precisamente allí, en esa ciudad practicada y heterogénea en donde el viejo, como sujeto que habita la ciudad, crea imágenes fragmentadas con diferentes significados, los cuales al reiterarse se incorporan en la cotidianidad  y se revierten a la ciudad en la forma en que este se relaciona con ella, formando territorios semantizados y negando o dando uso a los diferentes espacios urbanos. Las personas mayores ven y usan la ciudad de diferente forma, a partir de su “posicionamiento” geográfico, social y cultural dentro del contexto urbano. Sin embargo, como grupo etario, tampoco ven y usan la ciudad  como los niños, jóvenes o adultos. Como lo afirma Niño y otros (1998), la ciudad se construye a partir de una sumatoria de territorios, como espacios socializados y culturizados, como espacios vividos, percibidos, valorados e imaginados de formas diferentes por los sujetos que la habitan. (Niño et al., 1998: 5).

Por lo tanto, cuando se busca establecer la relación entre ciudad y vejez, algunos conflictos entre la cultura urbana y la cultura urbanística adquieren sentido y relevancia. La accesibilidad, la movilidad, la seguridad, las barreras arquitectónicas, son entre otros, algunos aspectos a tener presentes cuando, como lo plantea Urroz, en el entorno en el que habitamos se ha creado sobre la base de un patrón humano mental y antropométricamente perfecto, pero que en la realidad solo se cumple para un porcentaje muy pequeño de la población.

Al llegar a la vejez, dice Urroz,  las personas se van enfrentando a estas barreras físicas del entorno que le imposibilitan y/o dificultan un normal desempeño dentro su entorno y en mayor medida dentro de la sociedad. La presencia de barreras arquitectónicas, urbanísticas, en el transporte y en la comunicación, resultados de intervenciones en el medio realizadas por el hombre como solución a la demanda de la evolución y desarrollo de la ciencia y técnica, el arte y la cultura,  demuestra que la ciudad en la que se nace, se crece, se desarrolla, se envejece y se muere, está formada por entornos sociales y físicos no aptos para todos.

Retomando los planteamientos de Lynch (1976), en su estudio clásico sobre la ciudad imaginada, podemos plantear que los viejos, como actores urbanos, son sujetos históricamente posicionados, que están expuestos, desde el lugar que ocupan en la estructura social, a múltiples y variados discursos sobre la realidad (ciudad) que van introyectando mediante esquemas de percepción, valoración y acción. Quienes habitamos en una ciudad, la representamos, la usamos, nos apropiamos de sus espacios, la construimos y le damos un sentido desde nuestra experiencia de vida y desde nuestra cotidianidad. Sin embargo, con el paso del tiempo, los sujetos urbanos que envejecen junto con la ciudad, en esos procesos de diferenciación y cambio progresivo, usan, imaginan y le dan un significado distinto. Los espacios urbanos que solíamos recorrer de niños o adolescentes ya no están, o simplemente ya no hacemos presencia allí.

Este artículo reconoce la existencia de este conflicto, dado el desarrollo histórico de nuestras ciudades, y Colombia no es la excepción, ha demostrado, en términos prácticos, cómo han sido formadas sin un ordenamiento incluyente con la personas de mayor edad, pues poco se han preocupado por adaptar sus estructuras y servicios para que sean accesibles a los viejos de diversas condiciones sociales, necesidades y capacidades. Es innegable que esta situación afecta la calidad de vida de las personas mayores, pues el entorno les genera inseguridad, los aísla y afecta su desenvolvimiento autónomo en la ciudad.  Esta situación ha sido también planteada en la Segunda Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento al referirse al proceso de migración que las personas mayores hacen de las zonas rurales a las urbanas, fenómeno que trae entre otras consecuencias el “tener que hacer frente a la pérdida de redes sociales y a la falta de infraestructura de apoyo en las ciudades, lo que puede llevar a su marginación y exclusión, sobre todo si están enfermas o discapacitadas” (ONU, 2002:15).

Por último, reafirmo el llamado de Lowenstein y Carmet (2009) quienes al reflexionar sobre el nuevo paradigma en la educación gerontológica, manifiestan que se debe asegurar que los programas educativos que se desarrollan sean sensibles a las necesidades cambiantes de un mundo que envejece.

 

 

Notas al pie

1 

Este artículo es resultado de la investigación de la Maestría en Territorio, Conflicto y Cultura de la Universidad del Tolima.

2 

Frente a este panorama del envejecimiento poblacional en el mundo y en Colombia, no se entiende por qué existe tan poca oferta de programas de gerontología en el país, máxime cuando se ha reconocido como una de las carreras con mayor proyección para el siglo XXI. Hoy solo existen dos programas a nivel profesional, uno en la Universidad Católica de Oriente en Rionegro (Antioquia) en la modalidad virtual, y el otro, en la Universidad del Quindío en la modalidad presencial. En el nivel tecnológico está el del Instituto Tecnológico de Antioquia y en Cali un bachillerato gerontológico. A nivel de postgrado solo se tiene la Maestría en Gerontología, Envejecimiento y Vejez en la Universidad de Caldas y una especialización en Gerontología Social en la Universidad de La Salle (Bogotá).

 

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